CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Crean músculo humano que sobrevive en condiciones espaciales extremas

Un equipo de ETH Zurich dio un paso fundamental hacia la medicina espacial del futuro: la creación de tejido muscular humano viable en microgravedad. Utilizando vuelos parabólicos para simular la ausencia de gravedad, los científicos demostraron que no solo es posible fabricar músculo humano fuera del planeta, sino también conservarlo y adaptarlo a las condiciones extremas del espacio. Durante décadas, la fabricación de tejidos para experimentos espaciales se realizaba en la Tierra, enviando los modelos para su observación y maduración más allá de la atmósfera. Ahora, gracias a estos avances, la fabricación se traslada directamente al ambiente espacial, abriendo nuevas perspectivas tanto para la salud de los astronautas como para el estudio de enfermedades complicadas de analizar en condiciones convencionales. G-FLight: láser, bio-resinas y células alineadas para un nuevo paradigma El trabajo, que fue publicado en la revista Advanced Science y liderado por Parth Chansoria, se apoya en una tecnología desarrollada específicamente para entornos sin gravedad: la plataforma G-FLight. Este sistema emplea un láser con un patrón de luz especial, capaz de organizar las células dentro de una bio-resina para formar fibras musculares alineadas de manera precisa. Utilizando 30 ciclos de vuelos parabólicos —donde durante breves momentos se simula el ambiente de ingravidez del espacio— el equipo consiguió imprimir músculo humano en cuestión de segundos, un resultado imposible con técnicas tradicionales. Uno de los pilares de esta innovación es la nueva bio-resina a base de gelatina metacrilada (GelMA), diseñada para encapsular células vivas y permitir su almacenamiento prolongado. Las pruebas mostraron que las muestras podían conservarse al menos una semana a 4℃ o incluso a -80℃, lo cual se adapta perfectamente a la logística de las misiones espaciales, donde mantener materiales biológicos viables durante el viaje es un reto constante. A diferencia de los métodos terrestres, la ausencia de gravedad elimina las deformaciones que suelen afectar la estructura del tejido y la distribución de células en la bio-tinta utilizada para impresión 3D. En microgravedad, los filamentos impresos mantienen su alineación natural, creando fibras musculares con mayor precisión y funcionalidad. Esto supone una ventaja clave para la ingeniería de tejidos y para el desarrollo de tratamientos médicos avanzados en el espacio. Impactos biomédicos y aplicaciones en el espacio y la medicina Los resultados muestran que el tejido muscular impreso en microgravedad mantiene una viabilidad celular y una densidad de fibras similar a las estructuras fabricadas en la Tierra, pero con potencial para superar algunas de sus limitaciones. Este avance tiene repercusiones biomédicas inmediatas. Por ejemplo, los modelos de músculo impresos de esta forma pueden utilizarse para analizar enfermedades como la distrofia muscular o la atrofia provocada por la ingravidez, una de las mayores amenazas a la salud de los astronautas durante misiones prolongadas. Poder fabricar tejidos personalizados en pleno espacio daría la oportunidad de atender emergencias médicas sin depender de suministros terrestres y facilitaría investigar el efecto de fármacos en sistemas biológicos mucho más realistas. Según ETH Zurich, esta tecnología podría revolucionar la manera en que se planifican las misiones de larga duración, al permitir el desarrollo de injertos y modelos de órgano a medida en plataformas como la Estación Espacial Internacional. Otra de las innovaciones aportadas por el sistema G-FLight es la capacidad de refrigerar o criopreservar las bio-resinas cargadas con células, algo que simplifica enormemente la gestión de los recursos médicos durante las misiones y permite aprovechar mejor los tiempos de viaje, preparando tejido cuando sea requerido y conservándolo hasta su uso. A largo plazo, el equipo de ETH Zurich proyecta ampliar la aplicación de esta tecnología para imprimir otros tipos de tejidos y órganos complejos en órbita, un paso fundamental para que futuras colonias o bases espaciales dispongan de atención médica avanzada e independiente del soporte terrestre. La utilización conjunta del sistema G-FLight y las nuevas bio-resinas representa no solo un salto técnico, sino también una oportunidad única de investigar cuestiones fundamentales sobre el funcionamiento y el cuidado del cuerpo humano cuando se aleja de la Tierra.

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Estación Espacial rumbo al reingreso: se espera su caída en 2030

La Estación Espacial Internacional (EEI) ha estado habitada permanentemente desde el año 2000, sirviendo como un icono de la cooperación internacional en el espacio. Joan Anton Català, divulgador científico especialista en temas de astronomía y astrofísica, destaca que tras más de dos décadas en órbita, “hay fatiga, hay elementos técnicos que tienen su fatiga”, esperando que la EEI alcance el final de su vida útil alrededor de 2030. Con la salida de socios clave como Rusia, la obsolescencia técnica se ha acelerado y el desmantelamiento es inminente. Ubicada a 400 kilómetros de altura, la EEI representa “nuestra frontera en el espacio”, un laboratorio único que permite realizar experimentos imposibles en la Tierra. Los efectos de la ingravidez en los astronautas, como la pérdida ósea y muscular, son esenciales para avanzar en la medicina y otras ciencias, explicó Català: “Es el sitio más alejado que la humanidad ha estado, al menos desde que se llevó a la luna”. El experto describe la experiencia en órbita como una caída libre constante que provoca una sensación de ingravidez similar a “caer por el hueco de un ascensor”. Esto produce cambios físicos que requieren asistencia a los astronautas para su readaptación tras meses en el espacio. La EEI es, por tanto, un escenario de retos humanos y científicos. Respecto a su futuro, Català apunta que la estación será retirada con una reentrada controlada que la llevará a caer en el Punto Nemo, un cementerio remoto en el Océano Pacífico destinado a evitar peligros para la población. Estados Unidos planea una transición hacia estaciones espaciales privadas, mientras que China ya opera su propia estación orbital, marcando un cambio significativo en la exploración espacial. Finalmente, Català reflexiona sobre la gran pregunta que sigue sin respuesta en la exploración: “¿Hay alguien ahí fuera?” La EEI y futuras misiones, como la exploración de Marte, buscan detectar vida extraterrestre o señales, subrayando la Estación como un símbolo y laboratorio del avance humano en la inmensidad del cosmos.

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Hallan dinosaurio saurópodo desconocido que vivió hace 95 millones de años

 Una nueva especie de dinosaurio, a la cual se le ha dado el nombre de Astigmasaura genuflexa, ha sido descubierta y descrita científicamente. El hallazgo lo hicieron investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en Argentina, junto con colegas de otras instituciones nacionales. Los restos fósiles del animal extinto fueron encontrados en el departamento de Añelo, provincia del Neuquén El Astigmasaura genuflexa es un miembro de la familia de los rebaquisáuridos, un grupo de dinosaurios saurópodos que habitó la región hace aproximadamente 95 millones de años. El Astigmasaura genuflexa era un cuadrúpedo herbívoro de cuello y cola larga, medía unos 18 metros de largo y pesaba más de 10 toneladas. Las vértebras de la cola tenían prolongaciones óseas muy altas, tanto hacia arriba como hacia los costados. Tenía arcos hemales (huesos por debajo de la cola para proteger el sistema nervioso y circulatorio) muy diversos: alargados y rectos, y en forma de bota y de estrella. Además, poseía patas esbeltas y dedos de los pies ensanchados desde adelante hacia atrás. Flavio Bellardini, becario posdoctoral del CONICET en el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG, centro mixto del CONICET y de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN) y primer autor del estudio comenta que es la primera vez que se descubre la parte posterior del esqueleto de un dinosaurio rebaquisáurido, con ambos miembros traseros, la cadera y la mitad anterior de la cola perfectamente preservados, permitiendo así aclarar parte de la anatomía aún poco conocida. Además, remarca que Astigmasaura es una de las últimas especies de dinosaurios rebaquisáuridos antes de su extinción, ocurrida hace unos 90 millones de años, por lo que es fundamental para reconstruir las fases finales de la historia evolutiva del grupo, por lo menos en Patagonia. Gracias a las condiciones de preservación de los huesos de Astigmasaura se pudo reconstruir, por primera vez, la anatomía de las patas traseras y de los pies, así como parte de la musculatura de los rebaquisáuridos. De acuerdo con los paleontólogos que hicieron el hallazgo, esto servirá como base para futuros estudios, los cuales podrán determinar cómo se desplazaban, cuál era su postura y qué tipo de huellas podían llegar a dejar. Además, los investigadores encontraron que algunas vértebras de la cola presentan patologías y una particular osificación de los tendones, que indicaría una edad avanzada del individuo en el momento de su muerte. Hallazgo y excavación “En 2017, un aviso de hallazgo fortuito realizada por petroleros del yacimiento GASNOC YPF de El Orejano permitió descubrir el esqueleto casi completo y articulado de este dinosaurio procedente de los niveles inferiores de la Formación Huincul. Estos niveles arenosos y arcillosos, donde se encontraron los huesos fosilizados, correspondían a un sector de un río de tipo meandroso, que presentaba una trayectoria sinuosa o curvada, en forma de serpiente, que indica que los restos, transportados por una corriente de baja energía, se encallaron en una de las tantas barras arenosas que se formaban a lo largo de su cauce. Con el tiempo, el cuello, espalda, miembros anteriores y el extremo de la cola fueron arrasados por la corriente y no se fosilizaron. Una rápida crecida tapó con sedimento lo que restaba, permitiendo la preservación de lo que hoy representa el material tipo de esta nueva especie de dinosaurio saurópodo rebaquisáurido”, explica Bellardini. Las tareas de excavación requirieron cinco campañas paleontológicas y más de treinta días de trabajo de campo. Durante ese tiempo, para romper la roca portadora se utilizaron mazas, puntas, martillos, cortafierros, martillos rotopercutores, martillos neumáticos y cortadoras de roca. Para trasladar adecuadamente los huesos se armaron ocho bochones de yeso y arpillera, de los cuales, los más livianos fueron cargados en camionetas mediante un trípode y un malacate, mientras que, para los más pesados, algunos más de una tonelada, se necesitó la intervención de una máquina retroexcavadora y dos camiones. El paleontólogo del CONICET indica que “en 2023, el último bochón de yeso, fue recuperado del sitio de hallazgo y trasladado al Museo Municipal Argentino Urquiza de Rincón de los Sauces. Allí, empezaron las tareas de preparación y limpieza del material, las cuales requirieron meses de trabajo de laboratorio para liberar los frágiles huesos fosilizados de la dura roca portadora. Finalmente, se prepararon 20 vértebras caudales, 19 arcos hemales, ambos isquiones, pubis, parte de los iliones, 2 fémures, 2 tibias, 2 fíbulas, 2 astrágalos y ambos pies casi completos”. Una vez realizado el estudio anatómico de los huesos recolectados y su comparación con los de otras especies ya conocidas, el equipo no solo encontró semejanzas con otros dinosaurios saurópodos rebaquisáuridos, sino también una serie de características morfológicas únicas que justificaron la formalización de la nueva especie. El estudio se titula “Side by side with titans: a new rebbachisaurid dinosaur from the Huincul Formation (upper Cenomanian) of Patagonia, Argentina”. Y se ha publicado en la revista académica Cretaceous Research.

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Descubren el secreto de los corales que sobreviven a temperaturas extremas

Oculina patagonica es una especie de coral duro que persistió discretamente en pequeñas cantidades durante millones de años en el Mar Mediterráneo hasta que el cambio de condiciones le ayudó a expandirse. Su extraordinaria capacidad para resistir las olas de calor marinas capturó la atención de la comunidad científica. Ahora, investigadores de España descubrieron que el coral Oculina patagonica prosperó en un ambiente donde las temperaturas del agua pueden superar los 30 grados en verano, gracias a una estrategia de “alimentación dual” que le otorga una flexibilidad metabólica única. Publicaron los resultados en la revista Nature. La “estrategia dual” se refiere a su capacidad para obtener nutrientes tanto a través de la simbiosis con algas dinoflageladas como mediante la captura y digestión de partículas externas. Esa flexibilidad alimentaria le permite sobrevivir y prosperar en diferentes condiciones ambientales. Origen y expansión silenciosa “Cuando se documentó por primera vez en aguas levantinas, se pensó que el coral O. patagonica no sobreviviría porque las temperaturas de verano eran demasiado altas, pero contra todo pronóstico consiguió establecerse, y sus poblaciones están creciendo”, explicó la doctora Shani Levy, primera autora del estudio, al Centro de Regulación Genómica (CRG) de Barcelona. La historia de Oculina patagonica se remonta a su descubrimiento en el golfo de Génova en 1966. Durante décadas, se la consideró una especie invasora procedente del Atlántico, hasta que investigaciones recientes confirmaron su origen mediterráneo y su persistencia durante millones de años en pequeñas poblaciones. El cambio de condiciones ambientales favoreció su expansión. Le permitió colonizar la mayoría de las costas poco profundas del Mediterráneo, donde las temperaturas varían entre unos 10 grados en invierno y más de 30 grados en verano. El secreto de la supervivencia: alimentación dual A diferencia de otros corales pétreos, la Oculina presenta una relación opcional con las algas simbióticas. Cuando la temperatura del mar Mediterráneo supera los 29 grados, expulsa las algas de sus células huésped y pierde su coloración característica, un proceso conocido como blanqueamiento. Mientras que este fenómeno resulta letal para otras especies, la Oculina sobrevive hasta que las aguas se enfrían y puede recuperar las algas. Incluso existen poblaciones que subsisten completamente sin ellas, en cuevas o a profundidades de entre 30 y 40 metros, donde la luz es escasa. El doctor Xavier Grau Bové, coautor del estudio e investigador posdoctoral en el CRG, destacó la ventaja adaptativa de esta especie: “La capacidad de la Oculina para vivir sin un socio fotosintético le permite asentarse en aguas más profundas, donde la luz escasea, o tolerar aguas turbias, donde la luz se ve bloqueada por la sedimentación generada por el tráfico marítimo”. Señaló que la estrategia del coral es “una enorme ventaja en un Mediterráneo transformado por la actividad humana, y una de las razones por las que decidimos estudiar esta especie”. Adaptaciones y desafíos en un mar cambiante El equipo de investigación abordó la resistencia de la Oculina desde una perspectiva genética, celular y evolutiva. Secuenciaron su genoma y analizaron decenas de miles de células individuales para identificar los genes que se activan en presencia o ausencia de algas simbióticas. Además, elaboraron atlas celulares comparativos con dos corales tropicales dependientes de las algas, lo que permitió una comparación directa entre especies. El profesor de investigación ICREA Arnau Sebé Pedrós, autor principal del estudio e investigador del CRG, subrayó la singularidad de este mecanismo: “La Oculina es resistente porque no depende estrictamente de los productos fotosintéticos de las algas”. El estudio también aporta una perspectiva sobre la adaptación de las especies marinas al cambio climático en el Mediterráneo, un mar semicerrado donde las variaciones de temperatura, salinidad y nutrientes son más extremas que en el océano abierto. “Funciona como una especie de prueba de estrés natural”, señaló la doctora Levy. “Los corales y otros organismos que viven aquí ya afrontan fluctuaciones extremas, por lo que el Mediterráneo nos ofrece una especie de avance de cómo podría desenvolverse la vida marina bajo un cambio climático acelerado”. Aunque la investigación sugiere que corales como la Oculina patagonica podrían tener mayores probabilidades de sobrevivir en océanos más cálidos, los científicos advirtieron que esta especie no es un coral constructor y, por tanto, no podrá compensar la pérdida de los arrecifes. Así se refirieron a los ecosistemas que cubren menos del 1 % del fondo oceánico pero albergan una cuarta parte de todas las especies marinas. “La mejor manera de ayudar a cualquier ecosistema marino, incluidos los arrecifes, a soportar este mundo cada vez más cálido será siempre evitar el calentamiento desde su origen”, concluyó el doctor Grau Bové.

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Paciente sobrevive varios meses tras recibir hígado de cerdo genéticamente modificado

 Un hombre de 71 años con cirrosis y cáncer hepático vivió 171 días con un hígado de cerdo trasplantado. El caso marca un avance sin precedentes en los xenotrasplantes y plantea nuevas preguntas sobre su futuro en la medicina. Un paciente de 71 años con cirrosis y cáncer hepático logró sobrevivir casi seis meses (171 días) tras recibir el trasplante de un hígado de cerdo modificado genéticamente. El caso, realizado por un equipo de cirujanos chinos, abre una posible vía para reducir la brecha mundial entre la demanda y la disponibilidad de órganos humanos. El hallazgo, publicado este jueves (09.10.2025) en la revista Journal of Hepatology, representa un hito médico: es el primer xenotrasplante hepático auxiliar —es decir, sin retirar completamente el hígado original del paciente— realizado con éxito de un cerdo modificado genéticamente a un receptor humano vivo. Hasta ahora, los xenotrasplantes hepáticos se habían probado solo en pacientes con muerte cerebral. Un estudio previo, difundido a comienzos de año en Nature, había descrito un trasplante de este tipo con un hígado porcino que tenía seis genes modificados. En este nuevo procedimiento, los científicos aplicaron diez modificaciones genéticas para mejorar la compatibilidad inmunológica y reducir problemas de coagulación. El paciente El receptor del trasplante padecía cirrosis relacionada con hepatitis B y un carcinoma hepatocelular avanzado, por lo que no era candidato para un trasplante convencional. El procedimiento no se planteó como una cura contra el cáncer, sino como una estrategia de apoyo para evitar un fallo hepático tras la extirpación del tumor. Los cirujanos implantaron un injerto auxiliar de un cerdo de raza Diannan, originaria de la provincia china de Yunnan, con las modificaciones genéticas necesarias para facilitar la adaptación al organismo humano. Durante el primer mes, el injerto funcionó correctamente, produciendo bilis y factores de coagulación sin signos de rechazo. Sin embargo, al día 38 se detectó una microangiopatía trombótica, una complicación grave relacionada con el xenotrasplante. Los médicos retiraron el injerto y trataron al paciente con un inhibidor del complemento y recambio plasmático, lo que estabilizó temporalmente su estado. Aun así, el hombre sufrió hemorragias gastrointestinales recurrentes y falleció 171 días después del trasplante. Pese al desenlace, los investigadores destacan que el caso demuestra que un hígado porcino modificado genéticamente puede funcionar en un ser humano durante un periodo prolongado. “Es un paso adelante fundamental que muestra tanto el potencial de los xenotrasplantes como los retos pendientes, especialmente en la regulación de la coagulación y las complicaciones inmunitarias”, explicó Beicheng Sun, del Departamento de Cirugía Hepatobiliar de la Universidad de Anhui.

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Descubren en Tailandia una araña con rasgos masculinos y femeninos que sorprende a la ciencia

  El hallazgo de una araña intersexual en Tailandia despertó el interés de la comunidad científica internacional, no solo por tratarse de una nueva especie, sino por la singularidad del fenómeno observado. El hallazgo fue publicado en la revista Zootaxa. Un equipo de la Universidad de Chulalongkorn describió en la revista Zootaxa la identificación de Damarchus inazuma, una especie inédita del género Damarchus, recolectada en la zona boscosa de Nong Rong, distrito de Phanom Thuan, provincia de Kanchanaburi, al oeste del país. Entre los ejemplares analizados, destaca la presencia de un individuo gynandromorfo, es decir, con características masculinas y femeninas divididas a lo largo de su cuerpo, un caso excepcional en la familia Bemmeridaey en el estudio de arácnidos en general, según reportó Phys.org. El proceso de recolección de los especímenes se realizó entre 2019 y 2021 en áreas de bosque poco exploradas, donde los arácnidos fueron extraídos manualmente de sus madrigueras con forma de horquilla, típicas del género Damarchus. Los ejemplares fueron preservados en etanol y depositados en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Chulalongkorn para su análisis morfológico detallado, tal como documentó Zootaxa. La localización exacta, a 67 metros de altitud y con coordenadas 14°09′28.9″N; 99°34′11.6″E, corresponde a una región que, según los autores, podría albergar una diversidad de especies aún subestimada.

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Fenómeno poco común: cómo y cuándo ver las superlunas de 2025

Si miras al cielo este fin de año, notarás algo inusual: cada luna llena aparecerá más grande y brillante de lo habitual. Esto se debe a que los últimos tres meses de 2025 traerán una rara serie de superlunas consecutivas, cuando la fase llena de la luna se alinea con el punto de su órbita más cercano a la Tierra. El 6 de octubre, el 5 de noviembre y el 4 de diciembre, las lunas ”de la cosecha”, “del castor” y “fría” saldrán como superlunas, formando una serie de tres meses que los observadores del cielo rara vez pueden ver. Esto es lo que necesitas saber. Qué hace que una luna sea una superluna La Luna no orbita alrededor de la Tierra en un círculo perfecto, sino que sigue una trayectoria alargada con forma de huevo. Eso significa que hay momentos cada mes en los que la Luna está un poco más cerca de la Tierra, un punto llamado perigeo, y momentos en los que está más lejos, en el apogeo.  En el perigeo, la Luna puede estar a unos 356 000 kilómetros de distancia, mientras que en el apogeo puede alejarse hasta más de 406 000 kilómetros. Cuando la luna llena coincide con el momento del perigeo, se produce una superluna, un disco lunar que parece ligeramente más grande y brilla más de lo habitual.  En comparación con la luna llena más lejana, una superluna puede parecer hasta un 14 % más grande y un 30 % más brillante. En comparación con una luna llena promedio, la diferencia es de aproximadamente un 7 % más grande y un 15 % más brillante. A simple vista, el cambio puede parecer sutil, pero las fotos comparativas revelan lo sorprendente que es realmente el efecto. Por qué en 2025 habrá tres superlunas consecutivas Las superlunas no son raras, normalmente vemos varias cada año. Lo que es inusual es que en 2025 habrá una racha de tres lunas llenas consecutivas alineadas con el perigeo. Esto ocurre porque el momento del perigeo se desplaza lentamente en relación con las fases lunares, completando un ciclo completo aproximadamente cada 14 meses lunares. A veces, ese ciclo significa que solo una luna llena está lo suficientemente cerca como para considerarse “super”. Otras veces, como en 2025, la alineación es perfecta para producir una serie de tres seguidas. La fiesta cósmica continúa en 2026, ya que el 3 de enero tendrá lugar la primera superluna del próximo año, lo que técnicamente significa que estamos a punto de presenciar cuatro superlunas consecutivas. Los nombres detrás de las lunas Durante siglos, las lunas llenas han llevado nombres que reflejan los ritmos estacionales, las estrategias de supervivencia y las tradiciones culturales. Muchos de los nombres en inglés más conocidos hoy en día se conservaron gracias a fuentes como el Farmer’s Almanac, que se basó en las prácticas de nomenclatura tanto europeas como indígenas. La “luna de la cosecha” de octubre toma su nombre de las últimas semanas de la temporada agrícola en el hemisferio norte. Antes de la electricidad, los agricultores dependían de su luz prolongada, que se elevaba cerca del atardecer durante varias noches seguidas, para recolectar los cultivos hasta bien entrada la noche. Las comunidades indígenas americanas consideraban la “luna del castor” de noviembre como la época en la que los castores se preparaban para el invierno reparando sus madrigueras y construyendo presas. También marcaba el momento en que los cazadores salían antes de que los ríos se congelaran, vinculando la luna tanto al comportamiento animal como a la actividad humana. La “luna fría” de diciembre señala la llegada de las largas noches y el pleno invierno en todo el hemisferio norte. Al salir durante la temporada navideña, se ha considerado durante mucho tiempo como un faro contra los días más oscuros del año. ¿Qué veremos en el cielo nocturno en el último trimestre de 2025? La diferencia de tamaño entre una luna llena normal y una superluna es sutil, pero el efecto es más llamativo cuando sale la Luna. Cuando la luna llena se eleva sobre el horizonte oriental justo después de la puesta del sol, puede parecer enorme, no solo porque se encuentra en su perigeo, sino también gracias a la ilusión lunar, una peculiaridad de la percepción humana que hace que los objetos cercanos al horizonte parezcan más grandes que cuando se encuentran en lo alto.  Enmarcar la luna con árboles, edificios o montañas puede hacer que la vista sea aún más espectacular tanto para los fotógrafos como para los observadores ocasionales de las estrellas. Incluso las mareas altas pueden sentir un ligero aumento debido a la superluna, elevándose unos centímetros más de lo normal. A pesar de las afirmaciones sensacionalistas, no hay pruebas que relacionen este fenómeno con terremotos, erupciones volcánicas u otros desastres. El único peligro para los observadores de la luna es perderse la vista debido a las nubes. Cómo observar y fotografiar una superluna La mejor manera de disfrutar de cada una de estas superlunas en su fecha respectiva es muy sencilla: salir al aire libre después de la puesta del sol y mirar hacia el este. Apunta tus binoculares hacia la luna y podrás ver con mayor nitidez sus características, como los cráteres, las cadenas montañosas y los oscuros “mares” de lava solidificada. Incluso un modesto telescopio doméstico puede revelar la belleza escarpada de la superficie lunar con un detalle sorprendente. Para aquellos que deseen capturar el momento con su cámara, el momento y la composición son importantes. Planea tomar la foto justo cuando salga la luna, cuando su disco dorado se cierne cerca de los puntos de referencia en el horizonte.  El uso de una cámara DSLR y un teleobjetivo de 200 mm o más puede enmarcar la luna en grande contra un objeto en primer plano, creando el clásico efecto de “superluna sobre el horizonte de la ciudad”. Por su parte, las fotos gran angulares con su teléfono inteligente pueden mostrar la luna saliendo sobre paisajes, bañada en dramáticos tonos crepusculares. Aunque la luna solo esté un poco más cerca de lo habitual, la maravilla que inspira siempre es extraordinaria.

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Científicos crean minicerebros humanos para potenciar computadoras

Puede que tenga sus raíces en la ciencia ficción, pero un pequeño número de investigadores está logrando avances reales, intentando crear computadoras a partir de células vivas. Bienvenidos al peculiar mundo de la bioinformática. Entre quienes lideran el camino se encuentra un grupo de científicos en Suiza, con quienes me reuní. Ellos esperan que algún día podamos ver centros de datos llenos de servidores “vivos” que repliquen aspectos de cómo aprende la inteligencia artificial (IA) y que puedan utilizar una fracción de la energía de los métodos actuales. Todos estamos acostumbrados a las ideas de hardware y software en las computadoras que usamos actualmente. El término, un tanto sorprendente, que Jordan y otros en el campo usan para referirse a lo que están creando es wetware (wet significa húmedo en inglés). En pocas palabras, implica la creación de neuronas que se desarrollan en grupos llamados organoides, que a su vez se pueden conectar a electrodos, y a partir de ahí, pueden comenzar el proceso de intentar utilizarlos como minicomputadoras. Donantes anónimos Jordan reconoce que, para muchas personas, el concepto mismo de biocomputación probablemente resulte un poco extraño. “En la ciencia ficción, la gente lleva mucho tiempo conviviendo con estas ideas”, afirma. “Cuando empiezas a decir: ‘Voy a usar una neurona como una maquinita’, se trata de una visión diferente de nuestro propio cerebro y te hace cuestionar qué somos”. Para FinalSpark, el proceso comienza con células madre derivadas de células de piel humana, que compran en una clínica japonesa. Los donantes son anónimos. Pero, quizá sorprendentemente, no les faltan ofertas. “Mucha gente se pone en contacto con nosotros”, comenta. “Pero solo seleccionamos células madre procedentes de proveedores oficiales, porque la calidad de las células es esencial”. En el laboratorio, Flora Brozzi, bióloga celular de FinalSpark, me entregó una placa que contenía varias esferas blancas pequeñas. Cada pequeña esfera es esencialmente un diminuto minicerebro creado en laboratorio, compuesto por células madre vivas que se han cultivado para convertirse en grupos de neuronas y células de soporte: estos son los “organoides”. No tienen ni de cerca la complejidad de un cerebro humano, pero comparten los mismos componentes básicos. Tras un proceso que puede durar varios meses, los organoides están listos para ser conectados a un electrodo y luego se les pide que respondan a comandos sencillos del teclado. Este es un medio para enviar y recibir señales eléctricas, y los resultados se registran en un ordenador conectado al sistema. Es una prueba sencilla: se pulsa una tecla que envía una señal eléctrica a través de los electrodos y, si funciona (no siempre), se puede ver un pequeño salto de actividad en la pantalla como respuesta. Lo que se ve es un gráfico en movimiento que se parece un poco a un electroencefalograma. Presioné la tecla varias veces seguidas y las respuestas se detienen repentinamente. Entonces, se produce un breve y distintivo estallido de energía en el gráfico. Cuando pregunté qué había sucedido, Jordan dijo que aún no entendían mucho qué hacían los organoides y por qué. Quizás los había molestado. Las estimulaciones eléctricas son un primer paso importante hacia el objetivo principal del equipo: activar el aprendizaje en las neuronas del bioordenador para que puedan adaptarse a las tareas. “Para la IA, siempre es lo mismo”, explica. “Ingresas algo y quieres un resultado que se utilice”. “Por ejemplo, si le das la imagen de un gato, quieres que te indique si es un gato”, explica. Mantenimiento de las biocomputadoras Mantener una computadora común y corriente en funcionamiento es sencillo: solo necesitas una fuente de alimentación, pero ¿qué ocurre con las biocomputadoras? Es una pregunta para la que los científicos aún no tienen respuesta. “Los organoides no tienen vasos sanguíneos”, dice Simon Schultz, profesor de Neurotecnología y director del Centro de Neurotecnología del Imperial College de Londres. “El cerebro humano tiene vasos sanguíneos que lo permean a múltiples escalas y le proporcionan nutrientes para su correcto funcionamiento. “Aún no sabemos cómo fabricarlos correctamente. Así que este es el mayor desafío actual”. Sin embargo, una cosa es segura. Cuando hablamos de la muerte de un ordenador, con el wetware es literalmente el caso. FinalSpark ha avanzado en los últimos cuatro años: sus organoides ahora pueden sobrevivir hasta cuatro meses. Pero hay algunos hallazgos inquietantes asociados con su eventual desaparición. A veces observan un aumento repentino de la actividad de los organoides antes de morir, similar al aumento de la frecuencia cardíaca y la actividad cerebral que se ha observado en algunos humanos al final de la vida. “Ha habido algunos casos en los que hemos experimentado un aumento muy rápido de la actividad en los últimos minutos o decenas de segundos [de vida]”, explica Jordan. “Creo que hemos registrado entre 1.000 y 2.000 de estas muertes individuales en los últimos cinco años”. “Es triste porque tenemos que detener el experimento, comprender la razón por la que fracasó y luego repetirlo”, dice. Schultz coincide con ese enfoque poco sentimental. “No deberíamos tenerles miedo, son solo computadoras hechas de un sustrato diferente, de un material diferente”, señala. Aplicaciones en el mundo real Los científicos de FinalSpark no son los únicos que trabajan en el ámbito de la bioinformática. La empresa australiana Cortical Labs anunció en 2022 que había logrado que neuronas artificiales jugaran al videojuego Pong. En EE.UU., investigadores de la Universidad Johns Hopkins también están construyendo “minicerebros” para estudiar cómo procesan la información, pero en el contexto del desarrollo de fármacos para enfermedades neurológicas como el Alzheimer y el autismo. Se espera que la IA pronto pueda impulsar este tipo de trabajo. Pero, por ahora, Lena Smirnova, quien dirige la investigación en la Universidad Johns Hopkins, cree que el wetware es científicamente emocionante, pero se encuentra en una etapa inicial. Y afirma que hay pocas posibilidades de que sustituya al principal material utilizado actualmente para los chips de computadora. “La bioinformática debería complementar, no reemplazar, la IA de silicio, a la vez que avanza en el modelado de enfermedades y reduce el uso de animales”, señala. Schultz coincide: “Creo que no podrán competir con el

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Cerebro protegido: así funciona la barrera que lo resguarda de toxinas y parásitos

Todo lo que somos, sentimos, vemos y creamos parte de nuestro cerebro. Un órgano que, con apenas el consumo de una bombilla es capaz de recibir información del mundo que le rodea, analizarla y emitir una respuesta. Y es que sin cerebro no hay ser humano y, por tanto, este órgano ocupa un lugar privilegiado y bien protegido en el cuerpo. Ante golpes y contusiones, el cerebro cuenta con defensas muy resistentes: los huesos del cráneo. Este conjunto de 6 huesos (frontal, temporal, parietal, occipital, etmoides y esfenoides) se acoplan entre sí para crear un casco interno y recibir los posibles golpes que, de otro modo, dañarían el blando tejido cerebral. Pero estos huesos no siempre recubren toda la cabeza. Como sabrán todas las personas que hayan sido madres o padres, al nacer y durante el primer año o año y medio de vida de un bebé, los huesos del cráneo se encuentran separados, pegados entre sí por unos tejidos denominados fontanelas. Estas uniones ayudan durante el proceso del parto y permiten que el cerebro se expanda rápidamente en el interior del cráneo en las primeras etapas del desarrollo. Pero en el interior del cráneo, una barrera más desconocida protege al cerebro de amenazas invisibles. Una barrera formada por capas de células muy pegadas entre sí que rodean toda su superficie y que casi exclusivamente dejan pasar nutrientes y azúcares, dejando fuera toxinas, parásitos y otras muchas sustancias. La denominada barrera hematoencefálica garantiza la homeostasis cerebral y ayuda a que el cerebro funcione correctamente durante todos los años que viva la persona. Qué es esta barrera Para acercarnos a comprender lo que es la barrera hematoencefálica, más que imaginarnos un casco hemos de pensar en una especie de filtro de café. Por el filtro, formado por células epiteliales vagamente similares a las que tenemos en la piel, pueden pasar ciertas sustancias esenciales para el cerebro, pero no otras que no interesan. Esto es debido a las uniones estrechas; un tipo de unión celular que, como su propio nombre indica, pega fuertemente unas células con otras, apenas dejando espacio entre ellas. De este modo, sólo aquellas sustancias liposolubles, que puedan diluirse entre la grasa que forma las membranas celulares, podrán pasar libremente de un lado a otro. Entre estas moléculas se encuentran el oxígeno y el dióxido de carbono, por lo que el cerebro puede intercambiar los gases de forma eficaz, pero también el alcohol, lo que deriva en la sensación de embriaguez al consumir esta sustancia. Para otras sustancias esenciales, como la glucosa y los aminoácidos que necesitan las neuronas para tener energía y llevar a cabo sus funciones, existen transportadores especiales que, usando energía, catapultan estas sustancias hacia el interior. Por último, también existen otros mecanismos que permiten interiorizar o eliminar moléculas más grandes que se unen a receptores específicos. Un quebradero de cabeza para los médicos Al tratarse de una barrera tan selectiva, muchos de los medicamentos que normalmente se ingieren o se inyectan no llegan al cerebro. La barrera hematoencefálica los retiene y los deja fuera. Por ello, es un elemento muy importante a tener en cuenta a la hora de diseñar fármacos específicos para este órgano. Normalmente sólo pasan fármacos pequeños y liposolubles, pero existen algunos que son capaces de colarse a través de los transportadores de otras moléculas por su similitud, pero apenas llegan al 2% de todos los medicamentos. Esto es un gran problema a la hora de tratar de diagnosticar o de tratar ciertas afecciones, puesto que si el fármaco no llega donde ha de actuar, el tratamiento no va a funcionar. Así pues, durante los últimos años se han tratado de diseñar algunas técnicas con las que crear agujeros de forma temporal en la barrera mediante ultrasonidos o, directamente, inyectar las sustancias a través de la barrera hematoencefálica. Aunque por supuesto, estas técnicas tienen cierto riesgo, han de ser llevadas a cabo por especialistas entrenados y sólo cuando los beneficios superan a los riesgos. Por ello, la barrera hematoencefálica se considera una guardiana infranqueable para lo bueno y para lo malo. Una guardiana que no suele aceptar sobornos y que nunca abandona su puesto y que tiene una única misión: que nada ni nadie fuera de lo necesario llegue al centro de mando de todo nuestro ser.

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NASA despega tres misiones que explorarán la heliosfera y el viento solar

La NASA lanzó este miércoles 24 de septiembre al espacio tres misiones que buscan mapear la heliosfera (capa que rodea y protege al sistema solar), dar seguimiento crítico de la meteorología espacial y estudiar cómo responde la atmósfera superior de la Tierra al viento solar. Las tres misiones despegaron desde Florida (EE UU) en un cohete Falcon 9 de SpaceX a las 07:31 hora local (13:31 hora peninsular española) y su destino es el primer punto de Lagrange, un lugar gravitacionalmente estable entre el Sol y la Tierra separado por más de 1,6 millones de kilómetros del planeta azul. Una vez allí, tras una travesía estimada de 108 días, las misiones procederán al estudio de la heliosfera, del viento solar y de la exosfera, la capa superior de la atmósfera terrestre. Proteger las telecomunicaciones Estas misiones tendrán un gran impacto en la vida diaria en la Tierra, pues “podrían ayudar a proteger tu red eléctrica, tu GPS, incluso los sistemas de comunicación de los pilotos en aviación, los servicios de emergencia y sistemas de apoyo en la agricultura”, explicó la científica española Teresa Nieves Chinchilla durante la transmisión de la agencia espacial estadounidense NASA del lanzamiento en español. La misión IMAP trazará los límites de la heliosfera, una burbuja inflada por el viento solar ubicada a 14 000 millones de kilómetros de la Tierra que se genera por las partículas magnéticas procedentes del Sol y que protege al sistema solar de la radiación cósmica. Además, protege nuestro sistema solar de los rayos cósmicos galácticos. Esta es una protección clave que contribuye a que nuestro planeta sea habitable. La nave espacial también tomará muestras y medirá las partículas del viento solar que fluyen hacia el exterior desde el Sol, así como las partículas energéticas que fluyen hacia el interior desde los límites de nuestro sistema solar y más allá. “IMAP nos ayudará a comprender mejor cómo el entorno espacial puede perjudicarnos a nosotros y a nuestras tecnologías, y a descubrir la ciencia de nuestro vecindario solar”, afirma en un comunicado de la NASA David McComas, investigador principal de la misión IMAP en la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey. Esta región del espacio solo ha sido atravesada por las dos sondas Voyager, la última de ellas lanzada al espacio hace casi seis décadas, por lo que el conocimiento que la agencia espacial posee sobre la heliosfera es limitado. Estudio del viento solar La misión estudiará la interacción entre el espacio interestelar en el límite de la heliosfera, la actividad solar y cómo las partículas cargadas del Sol se energizan para formar el viento solar, un fenómeno que afecta a la actividad sobre el planeta terrestre. “Cada una de estas fronteras influye en la forma en que la energía y las partículas del sol se desplazan por el espacio e interactúan con la Tierra. Cuando esta actividad se intensifica, puede alterar nuestra magnetosfera y atmósfera, creando lo que denominamos meteorología espacial”, describió Chinchilla, científica de la Oficina de análisis de meteorología espacial de la NASA. Los datos que recabe la sonda, que serán en tiempo real, también serán útiles para futuras misiones espaciales tripuladas, como las del programa Artemis que prevén el regreso del ser humano a la Luna, puesto que proporcionará información esencial acerca de los efectos del viento solar sobre los astronautas. “La prioridad siempre va a ser asegurarnos de que los astronautas estén a salvo”, afirmó el director de vuelo de la NASA Marcos Flores durante la transmisión. “Lo que más nos emociona es que vamos a tener otra vía de detección de estos sistemas meteorológicos espaciales, como las tormentas geomagnéticas”, señaló Flores, quien añadió que esto permitirá que los modelos de computadoras en la Tierra puedan “pronosticar lo que va a ocurrir” y que la detección del “impacto que va a tener sea mucho más precisa”. Reacciones rápidas ante fenómenos Los sensores que tiene IMAP son “de mucha más precisión y podrían alertar a los analistas en la Tierra de cuándo está ocurriendo algo”, por lo que se podrá reaccionar “de una manera un poco más rápida y dejarles saber a los astronautas que tienen que tomar medidas para protegerse”, subrayó Flores. Otra de las misiones incluye un satélite de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, en inglés) de Estados Unidos, que estudiará ininterrumpidamente la actividad del Sol y monitoreará el viento solar.  “Va a ayudar a hacer mejores pronósticos de meteorología espacial, más rápidos, más eficientes”, aseguró la doctora de la NOAA Yaireska Collado Vega. La tercera corresponde al observatorio Carruthers Geocorona, que analizará la exosfera y cartografiará esta extensa región de condiciones cambiantes por la acción del Sol sobre ella. Esta es la primera misión dedicada a medir los cambios en la capa más externa de nuestra atmósfera, la cual juega un papel importante en cómo la Tierra responde a la meteorología espacial. Estudio de la geocorona Al estudiar la geocorona —el brillo ultravioleta que emite la exosfera cuando la luz del sol la ilumina— la misión Carruthers revelará cómo la exosfera responde a las tormentas solares y cómo cambia con las estaciones. La misión se basa en el legado del primer instrumento que capturó imágenes de la geocorona, el cual viajó a la Luna a bordo de Apolo 16 y fue construido y diseñado por el científico, inventor, ingeniero y educador Dr. George Carruthers. “La misión Carruthers nos mostrará cómo funciona la exosfera y nos ayudará a mejorar nuestra capacidad para predecir los efectos de la actividad solar aquí en la Tierra”, dice en el comunicado Lara Waldrop, investigadora principal de la misión en la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign.

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