
Imagina que estás viendo un vídeo en el que alguien esté hablando. Lo escuchas en un primer momento y oyes que la voz dice claramente “ba”. Sin embargo, alguien a tu lado te dice: “¿Ha dicho “da”? Y, de repente, cuando lo escuchas por segunda vez, empiezas a oírlo diferente. Y comienza el bucle: si piensas en “ba”, escuchas “ba”; pero si piensas en “da”, escuchas “da”. ¿Tu oído te está fallando? ¿El vídeo está mal? Nada de eso. Se trata de tu cerebro haciendo lo que hace todos los días: tomar pedazos de información de distintos sentidos y construir una versión coherente del mundo.
Concretamente, esa situación sería un claro ejemplo del efecto McGurk, un fenómeno que, desde su descubrimiento en los años 70, ha sacado a la luz verdades muy llamativas sobre cómo interpretamos y percibimos la realidad. Porque lo que oímos, creámoslo o no, puede llegar a depender más de nuestros ojos que de nuestros oídos.
Un accidente científico
El efecto McGurk fue descubierto casi de casualidad. Harry McGurk, psicólogo del desarrollo, y su colega John McDonald estaban estudiando cómo los niños aprenden a hablar. Para ello, realizaban diferentes experimentos y, uno de ellos, resultó arrojar resultados de lo más interesantes. Concretamente, este consistía en mezclar el audio de una sílaba – por ejemplo, “ba” – con el vídeo de una boca diciendo otra distinta – como “ga” -.
Y ellos tenían una idea muy clara de lo que ocurriría: los niños iban a confundirse. Sin embargo, lo que no esperaban era que los adultos también escucharan algo completamente distinto: una tercera sílaba, como “da”. Y lo más curioso era que el audio, realmente, no había cambiado. Lo que sí había ocurrido es que se había modificado la interpretación del cerebro mezclar la vista y el oído.
Pero este descubrimiento, aparentemente simple y que podría haber sido pasado por alto muy fácilmente, arraigaba una idea mucho más profunda: que percibimos el mundo de forma objetiva, tal y como si fuésemos cámaras o micrófonos. Lo que vemos, oímos y sentimos no es una copia fiel del mundo, sino una construcción activa de nuestra mente.


